miércoles, 4 de marzo de 2026

La red


 En el año 1993, Julián Marías escribió un artículo titulado "La red" (ABC 22 09 1993), denunciando el sistema de complicidades que oscurecía la renovación de la vida pública española. Hoy conviene recordarlo, antes de que se consume la sentencia de Ortega sobre la España oficial de su tiempo: "La España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos ministerios de alucinación" ("Vieja y nueva política" 1914).

Después del artículo "La red", escribió Marías otro sobre "La decadencia evitable" (ABC 29 09 1993), presentando un curso sobre esta cuestión. Mostraré seguidamente el contenido del mismo, para luego enlazar con el curso y el artículo señalado en segundo lugar:


                                LA RED



CUANDO empecé a escribir una serie de artículos sobre la España real, que acabaron convirtiéndose en un libro, tenia la esperanza de que poco después la España oficial se fuera aproximando a ella. Y así fue durante algunos años, desgraciadamente muy pocos. Después se han ido separando hasta llegar a una distancia inquietante.

Al hablar de España oficial no me refiero sólo a los Gobiernos, aunque por supuesto también a ellos y en primera linea. Se trata del conjunto de lo que tiene una función institucional, de las organizaciones de todo tipo, de aquello que se presenta como expresión de la realidad del país. No creo que la situación que me preocupa sea exclusiva de España, pero esta es la que conozco bien, la que llega a producirme angustia, aquella sobre la cual puedo hacer algo, por lo menos señalarla y describirla.


El divorcio entre la realidad más profunda y la pública, aparente y en cierto modo impuesta, puede tener formas muy diversas. A veces es la imposición violenta de una imagen en la que los individuos no se reconocen; en otras ocasiones es la disminución de la libertad, la imposibilidad de decir algo discrepante si no se quiere pagar por hacerlo un precio que puede ser muy alto. Ahora se trata de otra cosa, mas sutil pero no menos peligrosa.

Tengo la impresión de que estamos en vueltos en una red de falsedad, cada vez más tupida, que puede llegar a ser asfixiante. No digo de mentira, porque no es sólo eso: no se limita a lo que se dice. Hace treinta, cuarenta años, quizá algo más, dije: “No hay que hacer caso de lo que se dice, ni siquiera de lo que pasa, porque tampoco es verdad”. He sido fiel a esa norma durante la mayor parte de mi vida adulta.

Por supuesto, una parte enorme de lo que se lee o se oye públicamente es falso: es frecuente que se diga una cosa y al poco tiempo otra inconciliable, sin que parezca importarle a nadie, ni al que lo dice ni a los que lo reciben. Hemos pasado de la prosperidad económica y el acierto a una situación desastrosa en pocos meses y sin que haya ocurrido nada extraordinario. Lo que se promete un mes se invierte al siguiente, entre la general indiferencia. Pero esto es, en el fondo, lo de menos.

Me inquietan más otros aspectos de la falsedad ambiente - esta me parece la palabra justa -. Se elogia con ditirambo a personas que no lo merecen, pero esto no sería más que un error; lo grave es que no se las estima, que se sabe que no lo merecen, y por eso se las exalta. Se habla de libros que no interesan nada; más aún, que no se leen porque no se pueden leer, por que son literalmente ilegibles, como la estopa es indeglutible. Se ensalzan - y cotizan a altos precios - obras de arte de las que se aparta la mirada con repulsión.

A la inversa, no se habla ni poco ni mucho - o se alude con desprecio, según los casos - a las realidades valiosas que existen o aparecen - y que por fortuna no son pocas -. Sería del mayor interés hacer un catálogo de los asuntos que no tienen la menor constancia en medios de comunica-ción que se consideran públicos y que, por tanto, tienen un deber de informar.

La historia reciente de España es desconocida, ocultada o desfigurada. Hace unos días, tres jóvenes profesores inteligentes me decían angustiados que no saben lo es nuestra realidad, quiénes son las personas de que se les habla o que encuentran en su horizonte. Se presentan figuras con rasgos remotos de lo que han sido o siguen siendo. Una mayoría de los españoles “no saben donde están”, y por tanto qué son, más aún, quiénes pueden ser.

La falsificación de la historia, de las diversas regiones, de sus relaciones, llega al máximo. Esto inquieta a los que sienten preocupación por el conjunto de España, y este es mi caso, pero siento una preocupación más directa y viva por las regiones que cultivan sistemáticamente esa defor-mación, porque se están destruyendo en lo más profundo, en lo que es su germen fecundo, allí donde residen sus verdaderas posibilidades. Estoy seguro de que habrá una generación que pedirá airadamente cuentas a sus manipuladores, les reclamará sus mutilaciones, la amputación de gran parte de lo que podría haber sido su realidad. Pero si esto llega a suceder, ¿quién podrá compensarlos? ¿Podrán con solarse de ser menos de lo que podían haber sido, de lo que tenían que ser?

Se ha privado a los estudiantes de los mejores años - los de la madurez y la cosecha -, de los que los podían haber ayudado a vivir con plenitud. Un vez conseguidos los fines propuestos, se inicia una tímida “rectificación” - por supuesto ya en beneficio de otros-. Lo mismo se podría decir de las minorías calificadas en otros campos. como la medicina, la ingeniería o la arquitectura, la magistratura, la diplomacia.

Está falseada la democracia - el único sistema que en nuestra época puede tener legitimidad - por las listas electorales “cerradas y bloqueadas” - es decir, despersonalizadas e irresponsables -; por la sujeción a órdenes de partido que anulan la libertad de los representantes - ¿de quien? -; por la lectura de los discursos en un Parlamento en que, contradictoriamente, no se habla; por la apropiación indebida que ese Parlamento hace de funciones que corresponden a otros poderes del Estado, a la vez que renuncia a las que le pertenecen, etcétera.

Todo se disfraza con una fraseología que pretende ser técnica y es simplemente ininteligible. He oído en televisión las explicaciones sobre la situación económica y sus remedios a unos cuantos personajes oficiales; me atrevo a pensar que estoy ligeramente por encima del nivel medio de los espectadores, pero no he entendido absolutamente nada. Me pregunto si lo entendían los que así hablaban, o se dedicaban simplemente al gargarismo.

¿Es esto España? Estoy seguro de que no. Cuando la contemplo en su realidad, cuando hablo con personas de cualquier estrato social que hacen sencillamente su vida efectiva, cuando observo su expresión, su conducta, su interés cuando se reúnen para hacer algo juntos, por ejemplo escuchar lo que se les dice, me repongo de la depresión que me acecha, vuelvo a sentir confianza, esperanza, alegría. No es falsa España: se la está falsificando. Unos lo hacen deliberadamente y - hay que reconocerlo - con gran destreza; otros son cómplices de la desfiguración, la secundan, le prestan su prestigio personal, a veces con su presencia o su silencio. Con algún dolor en ocasiones, otras con un vago malestar. Los más jóvenes ni siquiera están seguros de la falsedad, porque no tienen término de comparación y aceptan lo que se les presenta o impone.

Mientras tanto, la red se va extendiendo, se va haciendo más tupida. Cada vez es más difícil escapar de ella. Se va produciendo un deterioro en el cuerpo social, una disminución de la vitalidad, de la lucidez. Y esto quiere decir una obturación del porvenir.

Esto es precisamente lo que nos estamos jugando, lo que podemos perder. Todavía estamos a tiempo. Pero temo que ya no queda mucho.


Julián MARÍAS

de la Real Academia Española


                                             Curso "La decadencia evitable"

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