domingo, 14 de abril de 2013

La decadencia evitable

Curso de la Fundación de Estudios Sociológicos, dirigido por Julián Marías entre Noviembre de 1993 y Abril de 1994.

Después del folleto introductorio aparecerán las lecciones del mismo. Previamente muestro un artículo de Julián Marías, justificando el sentido de dicho curso.

  
 
                                                                               







LA DECADENCIA EVITABLE

(ABC 29 09 1993)

Mi último artículo, “La red” (ABC 22/09/1993), ha despertado una atención inusitada. Me han llegado reacciones a su contenido, de personas conocidas y desconocidas, de Madrid y de otros lugares, en número sorprendente y alentador. Tengo la impresión de que muchos han reconocido la imagen que presentaba de la situación en la que nos encontramos y, todavía más, hacia la que podemos encaminamos. No falta quien ha encontrado pesimismo en las Frases finales: “Todavía estamos a tiempo. Pero temo que ya no queda mucho”. Hay que tomar los dos miembros juntos: estamos a tempo, pero no hay que confiarse. no hay que esperar demasiado, hasta que ese tiempo se acabe.

Mi preocupación, referida primariamente a España, no se reduce, como advertía con toda claridad, a ella sola. Por lo menos Europa entera está amenazada por peligros análogos. Estoy organizando un curso de conferencias con el titulo de este articulo: “La decadencia evitable”. Para ello estoy buscando la colaboración de unas cuartas personas que no están dispuestas a contribuir a la decadencia ni a resignarse a ella.

En las decadencias se entra sin darse cuenta, y cuando se está dentro de ellas es difícil salir, porque consisten precisamente en un descenso de la vida en su conjunto, que pierde intensidad, lucidez y rigor. El hombre así disminuido no tiene claridad de visión ni energía para escapar a la situación en que se ve envuelto. Es algo semejante a los efectos de la droga, que mina y destruye la personalidad, hasta llegar al ex tremo de que no hay quien sea capaz de salvarse, de liberarse de ella.

Por eso las decadencias - tantas a lo largo de la Historia - empiezan y no se sabe cuando terminan. Algunas duran unos decenios; las hay que perduran durante siglos, y se convierten en la condición de grandes porciones de la Humanidad.

Cada vez me parece más evidente que lo bueno y lo malo que acontece al hombre, la prosperidad o la decadencia, tienen casi siempre su origen en un acierto o un error intelectual. Esto quiere decir que es previsible lo que va a pasar, que los peligros que nos acechan son evitables si se mira la realidad sin engaño y se enfrenta uno verazmente con ella.

Nuestra vida está en nuestras manos - o en nuestros ojos - mucho más de lo que creemos. Hace falta que miremos con atención, que nos demos cuenta de hacia dónde vamos, de los riesgos, las tentaciones, los esfuerzos que se hacen para llevarnos adonde no quisiéramos ir. Pero no basta con mirar los peligros: hay que pensar de donde proceden, qué ideas falsas se han deslizado en las mentes para impedir la comprensión de la realidad. Hay que buscar los remedios, quiero decir la verdad de las cosas, las exigencias, las condiciones de realización, y poner todo eso en práctica.

Es muy fácil ver “a posteriori”, con mirada retrospectiva, cómo se llegó a las decadencias pretéritas, cómo se salió de ellas, y cuándo y con qué quebrantos. Pero también se puede ver todo eso, con algún mayor esfuerzo cuando se trata del presente, del futuro que se anuncia. No se trata de ninguna profecía, sino del análisis de la realidad.

Las decadencias no son simultáneas: comienzan en unos países y en ciertos aspectos de la vida; se van extendiendo a otros, cada avance aumenta su poder ,hace mas problemática la superación. Por eso hablaba de poco tiempo, porque la vida es urgencia, prisa, y en eso está el contraste dramático con el pensamiento. Éste no admite apresuramientos, reclama la atención necesaria, la reflexión, los pasos contados. Si hay una terrible epidemia, seria ridículo - y suicida - apremiar a los investigadores, médicos o biólogos, para que encontrasen inmediatamente el remedio. Tendrían que observar, experimentar, analizar, pensar. ¿Cuánto? Lo necesario. Pero desde ahora mismo, sin dilación, sin pausa, con el rigor exigido para no equivocarse.

Creo que estamos ya, en toda Europa, en los comienzos de une insidiosa decadencia, en gran parte provocada, y muy principalmente por diversas formas de politización, la gran corruptora. No la política, sino la politización, el poner lo político en un plano que no le pertenece y subordinar a ello todo lo demás. Quizá el caso eminente de “inversión de valores” en nuestra época.

Un síntoma demasiado claro es la dificultad del “relevo” de las grandes figuras creadoras que han muerto o van desapareciendo hacia la vejez. Lo normal sería que fuesen sustituidas por otras equivalentes, en número algo mayor por el crecimiento del mundo. No ocurre así: la sustitución al mismo nivel no pasa de un tercio o un cuarto. Hay países de larga e ilustre Historia en que apenas hay nuevos creadores, lo que no habla ocurrido casi nunca. Añádase a esto el que son muchas los que “desean” que sea así, y proclaman con mal disimulada alegría que ya no hay figuras eminentes. Es lo que suelo llamar el espíritu de “el último mohicano”, con que se celebra la desaparición del “último” representante glorioso de cualquier disciplina. Me pregunto: ¿por qué último? ¿Hay alguna razón para que se extinga la capacidad de hacer de modo genial ciencia, filosofía, música, pintura, teología, política? Ortega advirtió hace mucho tiempo que la impresión de que “no hay hombres” suele proceder de que “no hay masas”, de que esos hombres no son potenciados, mediante el apoyo y la exigencia simultáneos, por los demás. Ahora habría que intercalar, entre los hombres y las masas, un factor nuevo: los poderosos medios de comunicación que, mediante una combinación de luz y oscuridad, de exaltaciones y silencios, condicionan al sistema de las estimaciones, las esperanzas y, más aún, el aprovecha miento de lo que existe.

Esto hace que, acaso más que nunca, la decadencia que nos amenaza sea de origen intelectual. No ha habido grandes calamidades; el estado de la salud media del mundo es incomparable con el de cualquier otra época, a pesar de los quebrantos - creo que en gran parte por errores -, la situación económica es excepcional, no ha habido últimamente grandes guerras, ni pestes ni hambre en el continente europeo. Y, sin embargo, hay una profunda desmoralización, consistente no en que se cometan delitos, crímenes o pecados - el riesgo permanente del hombre -, sino que “parecen bien”, derechos o acaso virtudes, no “excepciones” dolorosas que por su carácter mismo afirman la norma moral.

Y hay un evidente descenso del rigor intelectual, de la exigencia de pensar, del uso de la lengua, que conduce al pensamiento y sitúa al hombre en un nivel vital; y de la estimación de la belleza, la seguridad de la vida cotidiana, tantas cosas que se echan de menos y a las que corremos el peligro de resignamos.

Si lo hacemos, esa decadencia, que todavía es sólo una amenaza, nos envolverá y dominará, y es posible que tengamos que bracear angustiados durante largo tiempo hasta vislumbrar una esperanza de salir de ella. ¿No vale la pena esforzarse ahora mismo por ver de dónde viene el peligro y conjurarlo antes de que nos venza?


Julian MARIAS

de la Real Academia Española



Las lecciones siguientes van en un único enlace: La decadencia evitable


Las decadencias: entrada y salida por Julián Marías


Las ciudades y la belleza por Fernando Chueca Goitia


La vigencia de la inmoralidad por Mariano Yela


La expresión por la palabra de Rafael Lapesa


La función vital del arte por Fernando Chueca Goitia


La inseguridad por Federico Carlos Sainz de Robles


Prosperidad o depresión por Juan Velarde Fuertes


La vida universitaria por Helio Carpintero





Otras lecciones aparecen en el enlace: Lucidez y rigor frente a los errores intelectuales

Nación y nacionalismos. El caso español por Carlos Seco Serrano

La formación de la opinión por Rafael Ansón

La literatura, pasado y presente por Gregorio Salvador

Religiosidad e Iglesia por Olegario González de Cardenal

El equilibrio biográfico por José Luis Pinillos

Democracias hoy por Guido Brunner


Además las siguientes conferencias una por una:


La conservación de la naturaleza por Eduardo Martínez de Pisón


Ley y convivencia internacional por Nuño Aguirre de Cárcer

Convivencia y diferencia por Pedro Laín Entralgo


Continuidad e innovación del pensamiento por Julián Marías



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